Prensa

Ética tortillera

“Norma es heterosexual. Victoria es lesbiana”.
Situada en el cruce entre filosofía y pensamiento lesbiano, la ficción teórica que propone Virginia Cano con Ética tortillera tensa los modos de percibir y hacer cuerpos; una frase en el interior del libro, como granada, disemina sentidos…
Por Laura Arnés.
Página 12. 6 DE NOVIEMBRE DE 2015.
Haciendo honor al título de la colección en la que sale publicado -a saber: Orlando-, Ética tortillera (Madreselva) reflexiona sobre la posibilidad de interrumpir o trastocar la lógica heterosexual. Cuatro textos híbridos, militantemente tortilleros, surgen de encuentros íntimos, teóricos y activistas en los que los afectos cumplen un rol central. Quien escribe se piensa, se inscribe, como tortillera. Lo que pretende es narrar, narrarse, pensar el mundo desde una lengua también lesbiana que, al tiempo que pone en crisis los ordenamientos hegemónicos, se presenta como morada. Pero, además, el valor biográfico que signa a los ensayos no sólo dibuja cuerpos diferenciales sino que delinea una ética y una retórica erótica que los atraviesa medularmente. “Recitar el cuerpo propio, recitar el cuerpo de la otra, es recitar las palabras con las que está hecha el libro”, decía Monique Wittig y parece repetir, insistente, Virginia. Y es que lo sexual, en tanto hecho político, no es reductible a una subjetividad y su cuerpo: por el contrario, no puede sino presentar otras relaciones entre cuerpos y textos y sexos. Si el acceso tortillero a la producción de saber implica políticas y éticas diferenciales de los afectos, si abre el espacio para proponer múltiples formas de vida y placeres, también es cierto que no puede evitar delatar al lenguaje como tecnología y, en el mismo gesto, adorar a la escritura como a un cuerpo.

¿Cómo surgió el libro?
Ese momento es muy significativo porque habla de encuentros personales y políticos, amorosos, sexuales e intelectuales centrales para mi escritura tortillera. El año pasado, en la Segunda celebración de las amantes: jornadas de orgullo lesbiano, que organizó fabi tron, María Luisa Peralta, Stella Labruna, Amalia Salum, Irene Ocampo y Nati Vilá, en Rosario, me invitaron a una mesa para pensar y discutir las cartografías del cuerpo lesbiano. Fue una de las invitaciones más lindas que me hicieron. Cuando terminamos, Peralta, que es muy amiga y gran interlocutora intelectual y activista, me dice: “Hay que hacer un libro.” Y así fue. Busqué todo lo que había escrito desde una marcada mirada tortillera. Ella lo leyó, comentó y editó hasta que tomó la forma de este librito. Y ella también fue el vínculo con Leo Rodríguez, el editor de Madreselva. Cuando vale flores aceptó hacer el “Prólogo” tuvimos el proyecto completo.

Escribiste una Etica tortillera y das clases de “Ética” en la UBA. ¿Cómo se cruzan estos dos datos?
Y… yo diría que se cruzan en la invención de una perspectiva, de una narración. Se encuentran en la tensión entre dos lenguas que no siempre se entrelazan pero que para mí son estructurantes: la del discurso ético-filosófico y la del discurso tortillero. Pero yo pienso que esa aparente extrañeza entre estos dos discursos se diluye en la interrogación crítica y en disputa de lo que somos, de lo que hemos llegado a ser.

Hablando de lo que somos. Vos siempre te visibilizás como profesora, filósofa y lesbiana. Me interesa el modo específico en que vivís la relación entre activismo sexo-disidente y práctica docente.
Es verdad, mi posición está marcada por el cruce entre mi experiencia como docente, como filósofa y como lesbiana. Y mi visibilidad es una decisión militante. Las reflexiones y prácticas del activismo tortillero feminista local y de la disidencia sexual sudaca me ayudaron a repensar estas inscripciones y el valor político y estratégico de posicionarme e intervenir en el campo del saber universitario. Pensar mi producción intelectual y mi práctica docente en el marco de estos diálogos y luchas le dio sentido a mi quehacer cotidiano. Y trajo también una responsabilidad. En este sentido, en el equipo de cátedra que coordinamos con Gabriel D´Iorio, creemos que la filosofía -y la ética en particular- es una práctica crítica orientada a entablar un diálogo con su presente. Por eso, el recorrido del programa que proponemos termina con una unidad dedicada a pensar los procesos de auto-subjetivación contemporáneos desde una perspectiva sexo-generizada. Esta perspectiva -entre otras- nos permite pensar el diálogo de la filosofía con su actualidad a la vez que nos permite traer voces, tradiciones y problemáticas que no son mayoritarias en nuestra currícula, porque lo cierto es que el canon filosófico en el campo local sigue siendo mayormente viril, heterosexista y colonial.

Vos fuiste una de las organizadoras del tortazo virtual -con Noe Gall, Punto Eme y Marta Dillon-, ¿Esta acción se relaciona con la propuesta del libro?
Sí, de algún modo esa acción tiene que ver con el libro. Con el “Tortazo” la idea fue poner a rodar un dispositivo virtual colectivo de nuestros cuerpos y afectos tortilleros, armar una narración erótica colectiva a partir de distintas fotos que se compartían voluntariamente. En la Ética yo intento hacer algo parecido. Un pequeño dispositivo escritural tortillero, una narración posible, precaria, que se corre del relato objetivo y neutro y que mantiene a la figura de las amantes como central.

Entiendo que al decir “amantes” te inscribís en la genealogía de Wittig y hacés un señalamiento a las Celebraciones de las amantes que se organizaron en nuestro país. Pero, ¿por qué elegís mantener el concepto “amor” como fundamento para pensar una ética tortillera?
Obvio que no tiene nada que ver con una recuperación del amor romántico. Cómo decís, las que sí aparecen como centrales son las amantes. En su Borrador para un diccionario de las amantes, Wittig y Zeig fantasean una entrada para el término “lesbiana” donde dicen que es aquella que vive en un pueblo de amantes, la que escapó del desierto. Las amantes no son sólo con las que cogemos o de la que nos enamoramos, sino todas aquellas con las que combatimos y nos fugamos del hetero-patriarcado. Estos vínculos son amorosos: redes de afectos, cuidados, interlocuciones y luchas que construyen un modo de ser tortillero. Por eso, para mí, pensar una ética tortillera es un modo de interpelar nuestras redes y prácticas afectivas, sexuales, políticas. Y, por eso, también los textos de este este libro están atravesados por mis encuentros sexuales, políticos, activistas, amorosos, teóricos, escriturales, docentes.

Entonces: ¿preguntarte sobre cómo se aman las tortas es en vano?
Yo no te puedo decir contestar eso. Lo que sí te puedo decir es que muchas cogen (y mucho) y a veces hasta se organizan para que nadie quede fuera de la celebración.

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